«Quiero que quien contemple mis pinturas se sienta rodeado por ellas.»
Mark Rothko
Hay una pregunta que muchas personas me hacen cuando ven una pintura abstracta de gran tamaño.
¿Por qué hacerla tan grande?
Es una duda lógica.
Podría parecer que aumentar el tamaño de un lienzo responde únicamente a una cuestión estética o incluso comercial.
Sin embargo, para muchos de los grandes artistas del siglo XX, el formato nunca fue una decisión secundaria.
Era parte de la propia obra.
No pintaban en gran formato para impresionar.
Lo hacían porque algunas ideas solo pueden experimentarse cuando el cuerpo del espectador entra en diálogo con la pintura.
Y esa diferencia cambia completamente la manera de mirar.
Una pintura no solo se observa. También se habita.
Cuando contemplamos una obra pequeña solemos mantener cierta distancia.
La vemos casi como si fuera una fotografía.
Nuestro ojo puede recorrerla de un solo vistazo.
Con un gran formato ocurre algo diferente.
La pintura deja de ser un objeto colgado en la pared.
Se convierte en un espacio.
La mirada necesita desplazarse.
El cuerpo cambia de posición.
La respiración se hace más lenta.
Ya no estamos simplemente viendo una imagen.
Estamos entrando en ella.
Ese cambio de escala modifica profundamente la experiencia.
El tamaño no buscaba impresionar
Existe la idea de que los grandes lienzos nacieron para sorprender al espectador.
No creo que esa sea la explicación.
Cuando uno contempla una obra de Mark Rothko, la sensación no es de espectacularidad.
Es de inmersión.
Sus enormes campos de color no pretenden demostrar habilidad técnica.
Buscan eliminar la distancia entre la pintura y quien la contempla.
Algo parecido ocurre con Barnett Newman.
Sus grandes superficies atravesadas por líneas verticales obligan al espectador a experimentar el espacio de una forma casi física.
El cuadro deja de ser una ventana.
Pasa a convertirse en una presencia.
Jackson Pollock necesitaba espacio para pintar
Pocas imágenes representan mejor esta idea que las fotografías de Jackson Pollock trabajando sobre enormes lienzos extendidos en el suelo.
Aquella decisión no respondía únicamente a una cuestión práctica.
Le permitía caminar alrededor de la obra.
Entrar en ella.
Modificar continuamente el ritmo de sus movimientos.
La pintura registraba el recorrido del cuerpo.
Por eso sus composiciones conservan una energía difícil de conseguir en formatos reducidos.
El gran formato no era una consecuencia.
Era una herramienta del proceso creativo.
La escala transforma nuestra percepción
El cerebro interpreta una pintura de forma distinta según sus dimensiones.
En un formato pequeño prestamos atención a los detalles.
En uno monumental sucede algo diferente.
La visión periférica empieza a participar.
El color nos envuelve.
Los gestos adquieren otra intensidad.
La textura se vuelve casi física.
La pintura deja de ser únicamente una imagen para convertirse en una experiencia espacial.
Quizá esa sea una de las mayores aportaciones del arte abstracto del siglo XX.
Mi relación con el gran formato
Con el paso del tiempo he descubierto que algunas ideas necesitan espacio para desarrollarse.
Trabajo con tinta china porque me interesa la espontaneidad del gesto, pero también porque esa energía cambia completamente cuando aumenta la escala.
Un pequeño movimiento de la mano puede convertirse en una estructura que guía la mirada a lo largo de varios metros.
No intento hacer obras grandes por el simple hecho de que lo sean.
El tamaño solo tiene sentido cuando amplía las posibilidades de la composición y permite que el espectador establezca una relación más intensa con la pintura.
Si una idea funciona mejor en un formato contenido, no necesita crecer.
Si pide espacio, intento concedérselo.
El espectador deja de ser un observador
Una de las cosas que más me interesa del gran formato es que modifica el papel del espectador.
Ya no contempla la obra desde fuera.
Empieza a formar parte de ella.
Tiene que acercarse para descubrir los detalles.
Alejarse para comprender la composición.
Moverse para seguir el recorrido del gesto.
La pintura deja de ser estática.
La experiencia se vuelve dinámica.
Cada paso cambia la percepción.
Y eso hace que dos personas nunca recorran una misma obra exactamente igual.
El gran formato sigue siendo actual
Aunque solemos asociarlo al expresionismo abstracto, la pintura de gran formato continúa ocupando un lugar central en el arte contemporáneo.
No porque exista una competición por crear obras cada vez más grandes.
Sino porque determinados lenguajes necesitan espacio para desplegar toda su capacidad expresiva.
La escala sigue siendo un recurso creativo.
No un efecto especial.
Lo que he aprendido observando estas obras
Cada vez que entro en una sala donde una pintura ocupa casi toda una pared, recuerdo que el arte no siempre está pensado para contemplarse desde la distancia.
A veces está concebido para rodearnos.
Para obligarnos a reducir el ritmo.
Para hacernos conscientes de nuestro propio cuerpo.
Esa idea ha influido profundamente en mi manera de entender la composición.
No busco que una obra destaque por su tamaño.
Busco que el espacio forme parte de lo que la pintura quiere comunicar.
Porque una obra no crece cuando aumentan sus dimensiones.
Crece cuando el espectador siente que ya no está delante del cuadro, sino dentro de él.
Estas ideas forman parte de mi forma de entender la pintura abstracta y están presentes, de una manera u otra, en cada una de mis obras.

